Panoramas desde Artenara

En abril de 2011 publiqué el post “Panoramas desde la Gomera”, al volver de un grato viaje por allí.

Esta vez el viaje ha sido más corto, apenas 50 kilómetros de carretera separan Artenara de mi casa en Las Palmas de Gran Canaria. Aún así, al ser el municipio más alto de Gran Canaria, Artenara tiene muchos y buenos miradores desde donde divisar no sólo la imponente cuenca de Tejeda y sus roques volcánicos, sino también sus pinares, sus cuevas, otros municipios y hasta la isla de Tenerife y el Teide, y en algún día especial, las de la Gomera y el Hierro.
Traigo aquí algunos de esas panorámicas, sabiendo que les falta el aire, el fresco y el sol que me bañaban al tomar estas fotos:

Artenara. Mirador de la Cilla. Artenara. Mirador de los poetas Artenara. Mirador de la Cuevita Artenara. Mirador de la Atalaya El Espinillo. Mirador. El Espinillo. Mirador hacia la Aldea y Roque Bentayga El Espinillo. Tejeda. Vista desde cueva del Roque Bentayga Roque Bentayga. Vista circular desde el almogarén del Roque Bentayga Artenara. Mirador de Unamuno Vista desde el camino de Acusa Seca Vista desde Acusa Seca Vista desde el camino hacia la Mesa de Acusa Artenara. Vista nocturna desde el polideportivo

Las pueden ver en Fickr pulsando las imágenes de arriba.

Como prueba pongo aquí en grande y deslizándose dos de ellas que son circulares, de 360º. Deslizando la barra inferior podrán verlos como si estuviesen girando allí mismo:

Panorámica desde el Roque Bentayga:

Y panorámica desde el mirador de los Poetas. Artenara:

También como galería de Flickr:

http://www.flickr.com/apps/slideshow/show.swf?v=122138

Y hay otras fotos, que aunque no son exactamente panorámicas, las hago uniendo fotos entre sí, como estas:

Vista desde cueva del Roque Bentayga

Vista desde cueva del Roque Bentayga

El Espinillo, Tejeda:

El Espinillo. Tejeda.

Y aquí, como en la Gomera, va la galería de varios de estos panoramas que he subido a la web Panoye. A veces pueden tardar en cargarse:

 http://www.panoye.com/embed/3384 http://www.panoye.com/embed/3386 http://www.panoye.com/embed/3387 http://www.panoye.com/embed/3388 http://www.panoye.com/embed/3389 http://www.panoye.com/embed/3390 http://www.panoye.com/embed/3391 http://www.panoye.com/embed/3392 http://www.panoye.com/embed/3393 http://www.panoye.com/embed/3394 http://www.panoye.com/embed/3395

Published in: on 31 diciembre 2012 at 6:38 pm  Comments (1)  

Dorothea Lange: la luz en un tiempo gris

Yo ya pensaba en Dorothea Lange cuando escribí el post anterior sobre “Grises” y lo terminé con este dibujo, (¿lo recuerdan?):

“De la mano (padre e hijo) 
Acuarelas y apuntes “De la mano” // Dibujando. Técnicas húmedas: Aguada de tinta china. Proceso.

Dice sobre Dorothea Lange la Wikipedia:

Dorothea Lange (1895 …- 1965 … EE. UU.) fue una influyente fotoperiodista documental, mejor conocida por su obra la “Gran Depresión” para la oficina de Administración de Seguridad Agraria. Las fotografías humanistas de Lange sobre las terribles consecuencias de la Gran Depresión la convirtieron en una de las periodistas más destacadas del fotoperiodismo mundial.

Para mí, Dorothea Lange fue mucho más que una fotógrafa en blanco y negro para unos años grises. Ella supo ver lo que casi nadie quería ver en los años de la depresión: la dignidad de las personas en la más absoluta de las pobrezas, la gente caminando en las cunetas, los niños durmiendo en coches o bajo lonas, la gran migración buscando huir del hambre. 
En sus fotografías yo no veo grises. Veo cielos luminosos y brillos en las manos y las caras, aunque estuviesen agrietadas y sucias, y familias unidas pese al hambre y la falta de trabajo.


En 1936 su fotografía más conocida, “Madre inmigrante” la contaba ella así:
      “Vi y me acerqué a la famélica y desesperada madre como atraída por un imán. No recuerdo cómo expliqué mi presencia o mi cámara a ella, pero recuerdo que ella no me hizo preguntas. No le pedí su nombre o su historia. Ella me dijo su edad, que tenía 32 años. Me dijo que habían vivido de vegetales fríos de los alrededores y pájaros que los niños mataban. Acababa de vender las llantas de su coche para comprar alimentos. Ahí estaba sentada reposando en la tienda con sus niños abrazados a ella y parecía saber que mi fotografía podría ayudarla y entonces me ayudó. Había una cierta equidad en esto.” 


Aquella mujer, madre de 7 hijos, se llamaba Florence Owens Thompson y cuentan sus hijos que no fue la historia exactamente así, y que sufrieron muchos años por aquella foto, y que tras aquel breve encuentro poco o nada volvieron a saber de la fotógrafa. Sólo al final, dicen, supieron valorar la importancia de aquella foto simbólica de toda una época.

Aquel día Dorothea sacó otras cinco fotos de aquella familia, pero fue aquella que titularon “Madre inmigrante”, con 7 hijos, 32 años, la imagen de aquella mujer delgada, pensativa, mirando hacia delante, con el bebé en su brazo izquierdo y dos de sus hijas ocultándose de la cámara, aquellas cuatro personas en el breve y frágil espacio bajo una lona, se convertió en símbolo de la Depresión e hizo visible lo real.

No creo que Dorothea Lange fuese una fotógrafa de lo gris, sino de la luz y de la vida. Supo ver donde otros se taparon los ojos. Supo alertar sobre lo que estaba pasando. Aquel año de 1936 pasaron muchas cosas. Hay quien se tapó los ojos y oídos. Otras personas salieron a los caminos a buscar la verdad. Aunque tuviesen que subirse al techo de un coche.

Como Dorothea Lange.

Published in: on 15 diciembre 2011 at 7:52 am  Comments (3)  

A favor del entusiasmo

Henri Cartier Bresson – Rue Mouffetard (1954)

He pasado la tarde entre niños. De 5, 6 y 7 años.
He jugado con ellos al fútbol, interrumpido varias veces por un sonoro “¡Vengan, vengan todos a ver… un gusaaanoo!!!”, cuando no era un caracol o era una rana.
Les he visto parar para asomarse a ver pasar un caballo y su jinete, y salir corriendo detrás para seguirlo.
Les he visto bajar una cuesta corriendo y volverla a subir, y volver a bajar, y volverla a subir…
Les he visto abrazarse con fuerza al marcar un gol, o gritar sin parar mientras les perseguían.
Les he visto… entusiasmados.

No parecen estos buenos tiempos para el entusiasmo, ya sea personal o colectivo.
Y tampoco en la educación. Y por eso, quisiera yo escribir hoy sobre ello.

Primero, no me parece nada entusiasta su definición en nuestros diccionarios.
Su asociación a una “exaltación y fogosidad de ánimo” parece haber sido escrita desde el más absoluto desánimo. Su relación con el fervor, con el arrebato, tampoco me parece afortunada. Hemos sido así educados para ver el entusiasmo como algo pasajero, infantil, religioso, y hasta peligroso.

Es triste educar para el desánimo, para la tristeza, para la vejez mal entendida.
Es triste matar el entusiasmo con el aburrimiento, la repetición, el “realismo”.
Es triste ver sustituir en los niños, como bien dibujó Tonucci, su color e imaginación por cuadrículas y formas:


Últimamente hablo, leo, veo, personas desanimadas, cansadas, enojadas, escépticas. Personas que, en otras muchas ocasiones, me animaron, me entusiasmaron con sus palabras o sus hechos, con su trabajo constante de años, con sus ideas, andan hoy sin entusiasmo. Quizás se les haya pasado ya esa exaltación pasajera, quizás hayan dejado ya de ser niños o niñas, creyentes o, simplemente, entusiastas.

Yo espero que no, porque creo que el entusiasmo no debería ser pasajero, sino cambiante, no debería ser un estado, sino una manera de ser, no debería ser de una edad concreta sino de todas, no debería ser de la religión sino del ánimo, y tampoco debería ser ni ciego ni fanático.

Y entusiasmado yo con esa idea, les dejo con otra entusiástica foto :

Robert Capa – Pablo Picasso y su hijo Claude (1951)

A favor del entusiasmo

Henri Cartier Bresson – Rue Mouffetard (1954)

He pasado la tarde entre niños. De 5, 6 y 7 años.
He jugado con ellos al fútbol, interrumpido varias veces por un sonoro “¡Vengan, vengan todos a ver… un gusaaanoo!!!”, cuando no era un caracol o era una rana.
Les he visto parar para asomarse a ver pasar un caballo y su jinete, y salir corriendo detrás para seguirlo.
Les he visto bajar una cuesta corriendo y volverla a subir, y volver a bajar, y volverla a subir…
Les he visto abrazarse con fuerza al marcar un gol, o gritar sin parar mientras les perseguían.
Les he visto… entusiasmados.

No parecen estos buenos tiempos para el entusiasmo, ya sea personal o colectivo.
Y tampoco en la educación. Y por eso, quisiera yo escribir hoy sobre ello.

Primero, no me parece nada entusiasta su definición en nuestros diccionarios.
Su asociación a una “exaltación y fogosidad de ánimo” parece haber sido escrita desde el más absoluto desánimo. Su relación con el fervor, con el arrebato, tampoco me parece afortunada. Hemos sido así educados para ver el entusiasmo como algo pasajero, infantil, religioso, y hasta peligroso.

Es triste educar para el desánimo, para la tristeza, para la vejez mal entendida.
Es triste matar el entusiasmo con el aburrimiento, la repetición, el “realismo”.
Es triste ver sustituir en los niños, como bien dibujó Tonucci, su color e imaginación por cuadrículas y formas:


Últimamente hablo, leo, veo, personas desanimadas, cansadas, enojadas, escépticas. Personas que, en otras muchas ocasiones, me animaron, me entusiasmaron con sus palabras o sus hechos, con su trabajo constante de años, con sus ideas, andan hoy sin entusiasmo. Quizás se les haya pasado ya esa exaltación pasajera, quizás hayan dejado ya de ser niños o niñas, creyentes o, simplemente, entusiastas.

Yo espero que no, porque creo que el entusiasmo no debería ser pasajero, sino cambiante, no debería ser un estado, sino una manera de ser, no debería ser de una edad concreta sino de todas, no debería ser de la religión sino del ánimo, y tampoco debería ser ni ciego ni fanático.

Y entusiasmado yo con esa idea, les dejo con otra entusiástica foto :

Robert Capa – Pablo Picasso y su hijo Claude (1951)