Igualdad: dos artículos (copio y pego)

Hoy visité el estupendo blog “a una nariz pegada”.
Y encontré un artículo: “La igualdad mal entendida”.
La dificultad que me supone leerlo en mi navegador habitual, y la bondad a compartir que ha manifestado su autora en otra ocasión me han llevado a copiarlo aquí.

He añadido además otro artículo: “Esto es algo muy personal”, de Elvira Lindo, publicado en el diario el País, que Chelucana me recomendó en un comentario a mi post “A esa niña no nacida, agitada por cornetas”, publicado aquí.

Espero los disfruten o comenten.

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BLOG “A una nariz pegada”

LA IGUALDAD MAL ENTENDIDA

“La Ministra de Defensa, Carme Chacón, nos ha ofrecido un gran ejemplo paseando su barriga de siete meses por Afganistán, cumpliendo así con su apretadísima agenda hasta el mismo día en que nació su bebé. Una criatura que nació por cesárea de urgencia y antes de término. Lo que interesaba era demostrar que una embarazada debe seguir trabajando hasta el final. Las consecuencias que esta actitud pueda tener en el bebé parece que a nadie le han importado lo más mínimo. Que la Ministra comparta la baja de maternidad con el padre es un ejemplo de modernidad que todos deberíamos seguir. Pues bien, a mí se me escapa. La madre es la única que está fisiológicamente preparada para parir y para amamantar. La naturaleza lo ha querido así y deberíamos respetarlo. Anteponer la carrera profesional a los hijos debería dejar de ser objeto de admiración. La conciliación laboral y familiar no significa aparcar al bebé a las 16 semanas. Los bebés deben estar con su madre durante, como mínimo, el primer año de vida. En eso coinciden la mayoría de los pediatras. Deberíamos eliminar la idea de que los hijos interfieren en la carrera profesional porque es nuestra profesión la que no permite disfrutar de los hijos tanto como ellos merecen. Es necesario recuperar la idea de que un embarazo, un parto y la posterior crianza son algo sagrado porque el pasado y el futuro de todos está en el vientre materno”. Y esto es lo que comenta otra lectora: “Hay muchas embarazadas que hasta la misma fecha del parto estan en el trabajo, en su casa, y haciendo autenticos milagros para que la economía de su casa no se unda, y no por eso son menos meritorias de que la Chacón, a la cual todo se lo han servido en bamdeja de plata. Esas mujeres es a las que habría que ayudar y no darle tanta importancia a la Chacón porque haya viajado en primera clase y con todo resuelto y a cargo del erario público”. Esta carta se publicó en La Vanguardia hace pocos días. La Ministra porque estudió Derecho con mi marido y lo que no se le puede negar es que es una trabajadora nata, que como tantas otras, decidió ser madre tarde (primeriza de 37 años, que para mí es tardísimo …) para priorizar su carrera profesional. Lo de siempre: nos dijeron que se podía tener todo, hasta que se escapa el tren. En mi profesión, la mayoría son así. Tienen hijos casi a los 40, muchas veces después de embarazos complicadísimos y de gastarse el dinero en clínicas de fertilidad, pero los crían a golpe de canguro para poder mantener su nivel profesional. Y lo peor es que esto no está nada mal visto. Hay una mamá de la escuela de mi hija que es Directora de no se qué empresa y tiene que viajar mucho, con lo cual se ocupa de la niña siempre su marido. ¿Y qué piensan los demás, incluido el mío? Pues muchos alucinan: ¿qué guay, en qué debe trabajar? Cuando a mí me da mucha pena, porque se está perdiendo todo y no aparece por el colegio. Pero para los demás, es genial. Las mamás que estamos cada día a las cinco menos diez en la puerta, estamos las tardes con ellos, los llevamos a la piscina, al parque y a las fiestas, nos quedamos en casa cuando están enfermos esas madres que se preocupan de dar lo mejor a sus niños, se implican en sus cuidados, les ofrecen la calided de su regazo, los escuchan y miran para entenderlos, les acompañan en sus noches tanto en sueños como en despertares, madres que cargan a sus hijos hasta que estos piden bajar, calman su sed hasta que no la necesiten mas, madres que se preocupan, buscan entender el por qué les pasa o hacen eso sus niños y no paran en su empeño hasta lograr superar cada tramo, sin tomar salidas fáciles, sino llegando a la raiz para encontrar la verdadera solución … ¡ah, éstas no! ¡Éstas no valen nada! Siguiendo con la Ministra, cuando la ví en la comparecencia del Congreso con los pechos hinchados bajo el traje, pensé: ¿Cómo lo debe hacer ahora? ¿Le dolerán todavía los puntos de la cesárea de urgencia? ¿Se habrá tomado la pastilla para inhibir la leche (que a las seis semanas la naturaleza hace fluir de una manera brutal)? ¿O bien se sacará la leche en los pasillos del Congreso y la congelará en casa? ¿O quizás ya desde el principio decidió dar biberón, por aquello de la igualdad al 50% con su marido y levantarse los dos por la noche? Siempre digo que a nuestra generación, los que estamos ahora en la mitad de la treintena, nos han engañado. Nos han vendido la moto de que lo primero es el trabajo y nadie nos avisó de que también querríamos tener una familia. Si decimos que queremos disfrutar de nuestros hijos, nuestras madres piensan que menuda lástima, porque te estás perdiendo la posibilidad de tener una buena carrera profesional. Y ahora cargamos con una doble y triple jornada, los divorcios aumentan cada día y muchos padres admiten no poder controlar a sus hijos adolescentes. Algunas de nuestras madres renunciaron a trabajar por obligación. Muchas de las mamás de ahora deben trabajar por obligación. Hay ahí algo que falla. Felicidades a todas esas mamás que un día comprendieron que no se puede tener todo, que no aparecen en las estadísticas ni en las noticias, pero realizan un trabajo que no tiene precio.

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DIARIO EL PAÍS
CRÓNICA: OPINIÓN DON DE GENTES

Esto es algo muy personal
Elvira Lindo 04/05/2008

Me echaron del trabajo por estar embarazada. Esto ocurrió en 1985, los socialistas estaban en el poder y yo trabajaba en la radio pública. Los malos ratos se almacenan, pero no se olvidan. Yo no olvido el día en que me llamó el jefe a su despacho. Iba avisada, sabía que un jefazo había comentado que, con dos embarazadas en la redacción, la cosa se estaba poniendo “antiestética”. El jefazo en cuestión no era mal tipo, y su idea de la radio pública respondía a un perfil progresista; pero en ese perfil no cabían asuntos de tan poca monta. Así que cuando me senté enfrente del jefe de programas aquella mañana, ya sabía que iba a pasar un mal rato. El hombre, un catolicón bondadoso que era capaz de aceptar a esa turba de melenudos que habían invadido la radio, me acercó la silla, como si entendiera que yo tenía dificultades para sentarme. Pero yo no las tenía, en absoluto. Mi carácter, alegre pero con una tendencia innata a la melancolía, se había visto reforzado por aquel aluvión explosivo de hormonas, y a las siete de la mañana estaba en una parada de la periferia, esperando la camioneta. De siete meses, con el magnetofón al hombro, hacía reportajes de barrios; de gente rara, postergada, desatendida. San Blas, El Pozo, Entrevías. Los yonquis me cedían el asiento y sus madres (“contra la droga”) me preparaban la merienda. Con el goloso material grabado subía por la calle Huertas, y el camarero del Murillo, antes de que entrara, ya me estaba preparando un vaso de leche con limón. Para mis compañeros, aquel embarazo tenía algo de exótico, porque en los ochenta las chicas de la radio de 22 años hacían de todo menos quedarse embarazadas. Los recuerdos se aparcan, pero nada se olvida. La palabra “antiestética” que precedió a mi despido me sigue hiriendo tanto como los razonamientos paternales con los que mi jefe me puso de patitas en la calle. Debía estar tranquila, dijo, prepararme para lo que venía. No sirvió de nada que yo me revolviera, que le dijera que estaba cumpliendo, que no quería estar en casa, por favor, que no quería. Salí del despacho con la cara colorada. De vergüenza. Las cosas son más difíciles cuando se lidia con sentimientos equivocados, y yo, como les ocurre a los niños cuando sufren un abuso, sentía vergüenza. Nunca pude verbalizar ese sentido latente de culpabilidad: en el pecado llevas la penitencia. Por el pasillo me crucé con la chica que esperaba desde hacía un mes el contrato de un puesto que se quedaba libre, el mío. Ay, Dios mío, todo tan grosero, tan ilegal, tan injusto. No sólo por ellos, sino por mí misma, que no sabía que debía sustituir mi sentido de culpa por el de indignación. Veintidós años. En fin. Y unos derechos laborales de los que poco se hablaba en el grueso de los derechos laborales. Durante aquellos dos meses comencé una novela, pinté todas las sillas de mi casa, bajé y subí las escaleras para que el parto no se retrasara, me caí por las escaleras, casi acabo a hostias con un operario castizo que dijo al verme pasar “¡hija mía, cómo te han puesto!”, soñé muchas noches que al irme a trabajar me dejaba al bebé olvidado en un cajón, y atravesé veinte mil veces el descampado que iba del barrio de UGT al de CC OO. Gran descampado, de inmensidad sobrecogedora, como la de los Campos Elíseos. Me estoy viendo: pantalón de peto y zapatillas, alegre como nunca, solitaria y mucho más joven de lo que yo creía entonces que era. El niño llegó, extraño y vengativo. Más que llorar, gritaba, y parecía estar proclamando: ¿a qué viene tanta felicidad por mi llegada? Así que, cuando a los veinte días de traer al pequeño Dios al mundo, el jefe me llamó para que me reincorporara ya, ya, ya, o me quedaba sin contrato, a punto estuve de tirarme a la carretera y parar un coche que me devolviera a la radio. Pobre ignorante. La angustia de dejármelo olvidado en un cajón se acrecentó, y durante seis meses la nostalgia invadió todas mis horas laborales. Luego fui aprendiendo a compatibilizar la adoración al niño Dios con mi vocación profesional. Que era mucha. Es una historia muy personal, lo sé, pero la cuento por la parte enternecedoramente común que tiene. ¿Qué queda de todo eso? Una particular aversión a las ironías que con frecuencia se usan para hablar de las mujeres embarazadas, una convicción de que en España no hemos superado el arraigado desprecio por lo femenino. Carme Chacón, embarazada pasando revista. Y qué. El bombo, se ha llegado a decir. De ese bombo venimos todos. Así que de los bombos habría que hablar quitándose el sombrero. Un cartel americano antiguo que tengo frente a mi mesa reza: “Ellas traen los votantes al mundo, déjalas votar”.

Pero si fuera amiga de esa mujer inteligente que es Carme Chacón le diría: no tengas prisa, disfruta del pequeño Dios, el tiempo pasa tan rápido que no hay ministerio que se le compare. Al presidente le diría: tal vez el mensaje esté equivocado; una embarazada no es una enferma, pero es incomprensible que tenga que visitar un lugar de riesgo, lo que necesitamos es tener la seguridad de que el puesto que merecemos nos estará esperando cuando estemos dispuestas a volver. Sin prisa.

A los lectores les diría: éste no es un artículo sólo para mujeres.

Published in: on 5 julio 2008 at 11:31 pm  Comments (6)  

>Igualdad: dos artículos (copio y pego)

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Hoy visité el estupendo blog “a una nariz pegada”.
Y encontré un artículo: “La igualdad mal entendida”.
La dificultad que me supone leerlo en mi navegador habitual, y la bondad a compartir que ha manifestado su autora en otra ocasión me han llevado a copiarlo aquí.

He añadido además otro artículo: “Esto es algo muy personal”, de Elvira Lindo, publicado en el diario el País, que Chelucana me recomendó en un comentario a mi post “A esa niña no nacida, agitada por cornetas”, publicado aquí.

Espero los disfruten o comenten.

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BLOG “A una nariz pegada”

LA IGUALDAD MAL ENTENDIDA

“La Ministra de Defensa, Carme Chacón, nos ha ofrecido un gran ejemplo paseando su barriga de siete meses por Afganistán, cumpliendo así con su apretadísima agenda hasta el mismo día en que nació su bebé. Una criatura que nació por cesárea de urgencia y antes de término. Lo que interesaba era demostrar que una embarazada debe seguir trabajando hasta el final. Las consecuencias que esta actitud pueda tener en el bebé parece que a nadie le han importado lo más mínimo. Que la Ministra comparta la baja de maternidad con el padre es un ejemplo de modernidad que todos deberíamos seguir. Pues bien, a mí se me escapa. La madre es la única que está fisiológicamente preparada para parir y para amamantar. La naturaleza lo ha querido así y deberíamos respetarlo. Anteponer la carrera profesional a los hijos debería dejar de ser objeto de admiración. La conciliación laboral y familiar no significa aparcar al bebé a las 16 semanas. Los bebés deben estar con su madre durante, como mínimo, el primer año de vida. En eso coinciden la mayoría de los pediatras. Deberíamos eliminar la idea de que los hijos interfieren en la carrera profesional porque es nuestra profesión la que no permite disfrutar de los hijos tanto como ellos merecen. Es necesario recuperar la idea de que un embarazo, un parto y la posterior crianza son algo sagrado porque el pasado y el futuro de todos está en el vientre materno”. Y esto es lo que comenta otra lectora: “Hay muchas embarazadas que hasta la misma fecha del parto estan en el trabajo, en su casa, y haciendo autenticos milagros para que la economía de su casa no se unda, y no por eso son menos meritorias de que la Chacón, a la cual todo se lo han servido en bamdeja de plata. Esas mujeres es a las que habría que ayudar y no darle tanta importancia a la Chacón porque haya viajado en primera clase y con todo resuelto y a cargo del erario público”. Esta carta se publicó en La Vanguardia hace pocos días. La Ministra porque estudió Derecho con mi marido y lo que no se le puede negar es que es una trabajadora nata, que como tantas otras, decidió ser madre tarde (primeriza de 37 años, que para mí es tardísimo …) para priorizar su carrera profesional. Lo de siempre: nos dijeron que se podía tener todo, hasta que se escapa el tren. En mi profesión, la mayoría son así. Tienen hijos casi a los 40, muchas veces después de embarazos complicadísimos y de gastarse el dinero en clínicas de fertilidad, pero los crían a golpe de canguro para poder mantener su nivel profesional. Y lo peor es que esto no está nada mal visto. Hay una mamá de la escuela de mi hija que es Directora de no se qué empresa y tiene que viajar mucho, con lo cual se ocupa de la niña siempre su marido. ¿Y qué piensan los demás, incluido el mío? Pues muchos alucinan: ¿qué guay, en qué debe trabajar? Cuando a mí me da mucha pena, porque se está perdiendo todo y no aparece por el colegio. Pero para los demás, es genial. Las mamás que estamos cada día a las cinco menos diez en la puerta, estamos las tardes con ellos, los llevamos a la piscina, al parque y a las fiestas, nos quedamos en casa cuando están enfermos esas madres que se preocupan de dar lo mejor a sus niños, se implican en sus cuidados, les ofrecen la calided de su regazo, los escuchan y miran para entenderlos, les acompañan en sus noches tanto en sueños como en despertares, madres que cargan a sus hijos hasta que estos piden bajar, calman su sed hasta que no la necesiten mas, madres que se preocupan, buscan entender el por qué les pasa o hacen eso sus niños y no paran en su empeño hasta lograr superar cada tramo, sin tomar salidas fáciles, sino llegando a la raiz para encontrar la verdadera solución … ¡ah, éstas no! ¡Éstas no valen nada! Siguiendo con la Ministra, cuando la ví en la comparecencia del Congreso con los pechos hinchados bajo el traje, pensé: ¿Cómo lo debe hacer ahora? ¿Le dolerán todavía los puntos de la cesárea de urgencia? ¿Se habrá tomado la pastilla para inhibir la leche (que a las seis semanas la naturaleza hace fluir de una manera brutal)? ¿O bien se sacará la leche en los pasillos del Congreso y la congelará en casa? ¿O quizás ya desde el principio decidió dar biberón, por aquello de la igualdad al 50% con su marido y levantarse los dos por la noche? Siempre digo que a nuestra generación, los que estamos ahora en la mitad de la treintena, nos han engañado. Nos han vendido la moto de que lo primero es el trabajo y nadie nos avisó de que también querríamos tener una familia. Si decimos que queremos disfrutar de nuestros hijos, nuestras madres piensan que menuda lástima, porque te estás perdiendo la posibilidad de tener una buena carrera profesional. Y ahora cargamos con una doble y triple jornada, los divorcios aumentan cada día y muchos padres admiten no poder controlar a sus hijos adolescentes. Algunas de nuestras madres renunciaron a trabajar por obligación. Muchas de las mamás de ahora deben trabajar por obligación. Hay ahí algo que falla. Felicidades a todas esas mamás que un día comprendieron que no se puede tener todo, que no aparecen en las estadísticas ni en las noticias, pero realizan un trabajo que no tiene precio.

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DIARIO EL PAÍS
CRÓNICA: OPINIÓN DON DE GENTES

Esto es algo muy personal
Elvira Lindo 04/05/2008

Me echaron del trabajo por estar embarazada. Esto ocurrió en 1985, los socialistas estaban en el poder y yo trabajaba en la radio pública. Los malos ratos se almacenan, pero no se olvidan. Yo no olvido el día en que me llamó el jefe a su despacho. Iba avisada, sabía que un jefazo había comentado que, con dos embarazadas en la redacción, la cosa se estaba poniendo “antiestética”. El jefazo en cuestión no era mal tipo, y su idea de la radio pública respondía a un perfil progresista; pero en ese perfil no cabían asuntos de tan poca monta. Así que cuando me senté enfrente del jefe de programas aquella mañana, ya sabía que iba a pasar un mal rato. El hombre, un catolicón bondadoso que era capaz de aceptar a esa turba de melenudos que habían invadido la radio, me acercó la silla, como si entendiera que yo tenía dificultades para sentarme. Pero yo no las tenía, en absoluto. Mi carácter, alegre pero con una tendencia innata a la melancolía, se había visto reforzado por aquel aluvión explosivo de hormonas, y a las siete de la mañana estaba en una parada de la periferia, esperando la camioneta. De siete meses, con el magnetofón al hombro, hacía reportajes de barrios; de gente rara, postergada, desatendida. San Blas, El Pozo, Entrevías. Los yonquis me cedían el asiento y sus madres (“contra la droga”) me preparaban la merienda. Con el goloso material grabado subía por la calle Huertas, y el camarero del Murillo, antes de que entrara, ya me estaba preparando un vaso de leche con limón. Para mis compañeros, aquel embarazo tenía algo de exótico, porque en los ochenta las chicas de la radio de 22 años hacían de todo menos quedarse embarazadas. Los recuerdos se aparcan, pero nada se olvida. La palabra “antiestética” que precedió a mi despido me sigue hiriendo tanto como los razonamientos paternales con los que mi jefe me puso de patitas en la calle. Debía estar tranquila, dijo, prepararme para lo que venía. No sirvió de nada que yo me revolviera, que le dijera que estaba cumpliendo, que no quería estar en casa, por favor, que no quería. Salí del despacho con la cara colorada. De vergüenza. Las cosas son más difíciles cuando se lidia con sentimientos equivocados, y yo, como les ocurre a los niños cuando sufren un abuso, sentía vergüenza. Nunca pude verbalizar ese sentido latente de culpabilidad: en el pecado llevas la penitencia. Por el pasillo me crucé con la chica que esperaba desde hacía un mes el contrato de un puesto que se quedaba libre, el mío. Ay, Dios mío, todo tan grosero, tan ilegal, tan injusto. No sólo por ellos, sino por mí misma, que no sabía que debía sustituir mi sentido de culpa por el de indignación. Veintidós años. En fin. Y unos derechos laborales de los que poco se hablaba en el grueso de los derechos laborales. Durante aquellos dos meses comencé una novela, pinté todas las sillas de mi casa, bajé y subí las escaleras para que el parto no se retrasara, me caí por las escaleras, casi acabo a hostias con un operario castizo que dijo al verme pasar “¡hija mía, cómo te han puesto!”, soñé muchas noches que al irme a trabajar me dejaba al bebé olvidado en un cajón, y atravesé veinte mil veces el descampado que iba del barrio de UGT al de CC OO. Gran descampado, de inmensidad sobrecogedora, como la de los Campos Elíseos. Me estoy viendo: pantalón de peto y zapatillas, alegre como nunca, solitaria y mucho más joven de lo que yo creía entonces que era. El niño llegó, extraño y vengativo. Más que llorar, gritaba, y parecía estar proclamando: ¿a qué viene tanta felicidad por mi llegada? Así que, cuando a los veinte días de traer al pequeño Dios al mundo, el jefe me llamó para que me reincorporara ya, ya, ya, o me quedaba sin contrato, a punto estuve de tirarme a la carretera y parar un coche que me devolviera a la radio. Pobre ignorante. La angustia de dejármelo olvidado en un cajón se acrecentó, y durante seis meses la nostalgia invadió todas mis horas laborales. Luego fui aprendiendo a compatibilizar la adoración al niño Dios con mi vocación profesional. Que era mucha. Es una historia muy personal, lo sé, pero la cuento por la parte enternecedoramente común que tiene. ¿Qué queda de todo eso? Una particular aversión a las ironías que con frecuencia se usan para hablar de las mujeres embarazadas, una convicción de que en España no hemos superado el arraigado desprecio por lo femenino. Carme Chacón, embarazada pasando revista. Y qué. El bombo, se ha llegado a decir. De ese bombo venimos todos. Así que de los bombos habría que hablar quitándose el sombrero. Un cartel americano antiguo que tengo frente a mi mesa reza: “Ellas traen los votantes al mundo, déjalas votar”.

Pero si fuera amiga de esa mujer inteligente que es Carme Chacón le diría: no tengas prisa, disfruta del pequeño Dios, el tiempo pasa tan rápido que no hay ministerio que se le compare. Al presidente le diría: tal vez el mensaje esté equivocado; una embarazada no es una enferma, pero es incomprensible que tenga que visitar un lugar de riesgo, lo que necesitamos es tener la seguridad de que el puesto que merecemos nos estará esperando cuando estemos dispuestas a volver. Sin prisa.

A los lectores les diría: éste no es un artículo sólo para mujeres.

Published in: on 5 julio 2008 at 11:31 pm  Dejar un comentario